Voy a hacerte una colcha con papeles de regalo. Y te contaré un cuento al oído, muy bajito, y me reiré al verte cerrar los párpados –tan despacito, como sólo tú sabes hacerlo-. Me gusta verte dormir y hacerte cosquillas en las mejillas cuando sueñas, porque aprietas los ojos muy muy fuerte, con una sonrisa enorme, y respiras pausadamente, como si el aire de tus pulmones se contuviera la risa -seguramente por miedo a estropear el hechizo del subconsciente-. Me gusta verte dormir y volver locos tus sueños. Me gustas todo tú.
Nueva York. Grande, vigorosa. Edificios que se desdibujan entre nubes, luces de farolas que comienzan a desvanecerse con los primeros rayos de sol. Un cambio de imagen, una nueva expresión, la misma actitud desdeñosa con todo el que se cruce en su destino. La señorita Evans abriéndose camino en el albor de un nuevo día.
Nueva York. Alta, imponente. Calles interminables, mapas inteligibles, una mañana que se presenta agitada. Un lugar completamente distinto, necesidad de un cambio instantáneo. Irene peleándose con la guía de bolsillo, sintiéndose cada vez más pequeña.
Las dos siguen un rumbo fijo. La una impasible, la otra exasperada. Caminando sin ver, caminando sin mirar. Y entonces se encuentran. Un choque, un quejido, una protesta.
― ¿Pero qué haces? ¡Mira por dónde vas!
―Lo siento. No sabía…
― ¡Por supuesto que no! ¡Turista tenías que ser!
Y se alejan, prosiguiendo su camino. La una exasperada, la otra indignada – y aún más perdida si cabe. Sin saber que las dos tienen mucho en común, sin saber que comparten un mismo temor. Y se alejan, cada vez más, sabiendo -con esa extraña certeza que envuelve a los desconocidos- que jamás volverán a encontrarse.
Ardiente, cálido. Y de repente frío, helado, glacial. Antártico. Las palabras más próximas se tornan lejanas y nos sentimos tan tontos, tan locos. Desvariamos. Y la melodía desafina más a cada segundo robado. Rózame con esa sonrisa que me hace sentir tan viva. Te dejaste algo olvidado en Plutón.